La educación espiritual de los niños

Los padres de familia se pre­ocupan por brindarles a sus hijos la mejor educación, de acuerdo a sus posibilidades eco­nómicas. Son pocos hogares donde no les importa la supera­ción de sus vástagos. La educación en las escuelas públicas es secular, (que no está sujeta a principios religiosos), contrario a tiempos pasados cuando la enseñanza estaba controlada por el sector religio­so.

La enciclopedia Encarta nos dice que “En la edad media la Iglesia [Católica] asumió la res­ponsabilidad de la educación, que se realizaba en los monaste­rios o en centros de aprendizaje que gradualmente evoluciona­ron hasta convertirse en grandes universidades como la de París (Francia) y Bolonia (Italia)”. Cuando la educación se desliga del clero, se les devuelve a los padres la responsabilidad de guiar a sus hijos al conocimien­to de la voluntad de Dios. En la actualidad muchas escue­las y colegios privados se pre­sentan bajo etiquetas como “Adventista”, “Católica”, “Episcopal”, o “Evangélica”. De esa manera atienden a los intereses de padres que profe­san alguno de esos credos.

En lo personal considero que la educación no debería estar suje­ta a ningún credo religioso. Además, muchos padres de fa­milia depositan la responsabili­dad en el centro educativo y se olvidan que Dios les ha dado la responsabilidad de enseñarles la historia y principios bíblicos a sus hijos. Si usted no profesa ninguno de los credos bajo el cual se rige determinado centro educativo, tendrá doble trabajo si matricu­la a sus hijos en uno de ellos, pues será necesario que le ex­plique las diferencias que él o ella vayan descubriendo. Pero cada padre y madre es respon­sable de decidir dónde estudia­rán sus hijos: en un centro pú­blico o privado.

 Prepárelos para la vida en el cielo

Para los padres de familia es un gran orgullo cuando los hijos alcanzan sus metas educativas. Pero muchos, por ese afán, olvi­dan instruir a sus pequeños para que alcancen las metas espiri­tuales. Cursar estudios superiores, co­mo la universidad, puede abrir­les posibilidades a un buen tra­bajo que les genere excelentes ingresos económicos para llevar una vida cómoda en este mun­do.

Pero, ¿está cumpliendo la responsabilidad de prepararlos para la vida espiritual? Los profesores en la escuela no son responsables de enseñarle a sus hijos la voluntad de Dios, tampoco los maestros de escue­la dominical o los líderes reli­giosos. Las personas designadas para educar espiritualmente a los niños son el padre y la madre. Lea el siguiente párrafo tomado de “Manual de usos y costum­bres de las tierras bíblicas”, de Fred Whight: La obligación de educar a la juventud había sido delega­da por la ley mosaica a los padres hebreos. El hogar debía ser la escuela y los padres eran los maestros. El reglamento dice así:
Y es­tas palabras que yo te man-do hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y es­tarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deuteronomio 6.6-9).

Las fiestas de la ley tales como la Pascua esta­ban diseñadas en tal forma que los jóvenes no tenían más que hacer esta pregun­ta: “¿Qué es este rito vues­tro?” (Éxodo 12.26), dando así a los padres una oportu­nidad para explicarles su verdadero significado”. Los versículos citados de Deu­teronomio expresan que las pa­labras mandadas por Moisés debían estar en el corazón de los padres hebreos. Pero su res­ponsabilidad no era simplemen­te atesorarlas. No, debían repe­tirlas a sus hijos, hablar de esa palabra en todo tiempo. ¿Para qué? Para no olvidarse de Dios (Deuteronomio 6.12).
Los hijos no aprenderán la vo­luntad de Dios por herencia, por un acto de fe, ni por asistir con usted dos o tres veces a la se­mana a las reuniones con la iglesia. Ellos tendrán una ali­mentación espiritual sana si ca­da día deposita un bocado de la voluntad de Dios en su corazón. En el futuro será mayor la posi­bilidad de que obedezcan y si­gan la vida cristiana.

Permítales aprender la palabra de Dios

1. En el hogar.
Claro que a un pequeño no le enseñará como a un adulto. Los hijos deben es­cuchar sobre la creación, la des­obediencia de Adán y Eva, el diluvio, la fe de Abraham, etc. Pero al contar estas historias muéstreles porqué Dios recom­pensó o castigó en determinado momento una acción o actitud. Extraiga de los relatos las lec­ciones de amor, obediencia, compasión o fidelidad, y ensé­ñeles cómo siguen vigentes pa­
8 ra nuestra época. Esta obra no la podrá realizar si usted no conoce la Escritura. Si los padres no tienen interés por estudiar la palabra de Dios, ¿qué se podrá esperar de los hijos? Uno de los ejemplos más distin­guidos del Nuevo Testamento es el caso de Timoteo, quien era hijo de un padre griego, pero su madre y abuela eran hebreas y ellas se encargaron de instruirlo en el conocimiento de Dios (2 Timoteo 1.5; 3.15).

2. En los servicios de la iglesia.
Deuteronomio 6.9-13 relata que cada siete años los sacerdotes debían leer la Ley en público. El versículo 12 dice: “Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranje­ros que estuvieren en tus ciuda­des, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley”. Aunque los sermones o estudios que su hijo escuche en las reu­niones de la iglesia podrán ali­mentar su espíritu, el hogar si­gue siendo el lugar donde se debe afianzar la semilla de la palabra de Dios. No es responsabilidad de la iglesia (ni de un maestro de es­cuela dominical, un predicador o un líder) enseñarle a su hijo los tesoros que guarda la Escri­tura. La lectura pública de la Biblia es sólo un complemento al trabajo que usted debe reali­zar en su casa. Los hebreos se reunían cada siete años, si los padres hubie­ran llevado a sus hijos sólo en esas ocasiones, significa que ellos apenas escucharían la ley de Dios tres veces en 21 años. Claro que no sería suficiente para que enfrentaran los retos del mundo.

3. Por otros elementos comple­mentarios. En las librerías pue­de adquirir la Biblia con ilustra­ciones para niños, historias bí­blicas ilustradas, juegos de me­morización, crucigramas o li­bros para colorear, los cuales permiten usarse como material complementario. Ninguna de estas utilidades de-be suplantar la responsabilidad de los padres, sólo deben ser materiales extra. No hay nada que, aún el material más moder­no, que pueda compararse a la 9 delicia de escuchar de la boca de un ser querido las historias sobresalientes de la Biblia.

En el tiempo del profeta Oseas Dios dijo: “Mi pueblo fue des­truido, porque le faltó conoci­miento” (4.6). Pocos padres leen y estudian la Escritura. Po-cos hijos de hogares cristianos son instruidos en la palabra de Dios por sus progenitores. Mu­chos jóvenes en la iglesia tienen grandes vacíos respecto a la Bi­blia. ¿Qué podemos esperar de los futuros líderes de la iglesia? ¿Podrán los niños de hoy elegir el camino de Dios al llegar a la adolescencia? ¿Tendrán el co­nocimiento suficiente como pa­ra entregar su vida al servicio de Cristo?

-Carlos Rodríguez

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Publicado en Familia (Hogar)

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