El fruto de la discordia: división

Es peligroso cuando en la iglesia se escucha que se forman bandos alrededor del predicador Tremencio o Modesto y quienes simpatizan con el primero ven a los allegados del segundo con recelo, indiferencia o con ojos tan carnales que sostienen una competencia donde lo más importante es imponer su voz, sus actitudes o ideas antes que el amor, el buen ejemplo y la unidad entre hermanos.

Desde el principio de la iglesia han existido contiendas o discordias, las cuales han generado divisiones. Un ejemplo temprano es la discordia entre los hermanos de la iglesia de Corinto, hecho por el cual Pablo les escribió una epístola que los estudiosos fechan entre el año 54 y 57 después de Cristo.

En el siglo cuarto, cuando la iglesia había sido contaminada por algunos conceptos humanos, uno de los puntos de discordia era el bautismo: unos abogaban por bautizar de nuevo a los bautizados por los arrianos (grupo que negaba la deidad de Jesús), el argumento era que “la fe con la que se confiere el bautismo era defectuosa”, (José María Blázquez, Problemas de la iglesia hispana a finales del siglo IV). Otros bautizaban en el nombre de las tres divinas personas, otros no (como los montanistas, seguidores de Montano) y otros bautizaban en la muerte de Cristo (el caso de los ennomianos).

Hace poco, a inicio de 1800, se renueva en muchos creyentes el deseo de restaurar la iglesia edificada por Jesús y se vive un volver al principio de seguir “una misma regla”, Fil.3.16.

El problema con las discordias o enfrentamiento de voluntades entre miembros de la iglesia es que surgen personas alrededor de quienes se forman bandos, lo que genera división en la armonía y hasta en la doctrina.

Una casa dividida

Cristo, ante la insinuación de los fariseos de que él echaba demonios por el poder de Satanás, dice: “Todo reino que se divide, corre a la ruina; no hay ciudad o familia que pueda durar con luchas internas”, Mt. 12.25. (BL 1995).

La versión de la Biblia Castilian 2003 lo traduce: “Todo reino dividido en bandos queda devastado, y ninguna ciudad o casa dividida en bandos podrá resistir”.

Una iglesia con riñas entre sus miembros o líderes no podrá resistir. La congregación en Corinto estaba dividida en bandos y Pablo les pregunta: “¿Acaso está dividido Cristo?”, 1 Co.1.13.

Ellos habían formado partidos o bandos alrededor de ciertas personas: “Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolos”, “Yo, de Cefas”, “Yo, de Cristo”. ¿Cómo pueden predicar el evangelio hombres y mujeres de Cristo cuando se agrupan en bandos y se inclinan por lo que dice o enseña Tremencio o Modesto?

Algunos gustan que otros los rodeen, se consiguen sus propios seguidores dentro de la iglesia. Pero los bandos o divisiones surgen cuando los cristianos pierden el objetivo de su carrera: Cristo. Una casa dividida, y quienes la propician, han olvidado poner la mirada en Jesús “el autor y consumador de la fe”, He. 12.2.

¿Cuánta necesidad de salvación existe en su localidad para desperdiciar tiempo y esfuerzo en contiendas internas, en pleitos, chismes o en sembrar discordia entre hermanos? Tomemos el consejo de Pablo: “terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios”, (BL 1995).

Historia repetida

No es saludable para la iglesia cuando empiezan a surgir bandos que siguen la doctrina, manías o ideas de fulano o mengano. Terribles problemas externos afectan la salud de la iglesia para que las contiendas, celos, rivalidades o la arrogancia tomen control de sus miembros y líderes.

Mencionamos que la iglesia en Corinto, entre el año 54 y 57 tenía problemas de división y unos cuarenta años después Clemente de Roma les envía una epístola exhortándoles a no seguir en divisiones y contiendas.

El problema de la iglesia de Corinto, ahora entre el año 96-98 después de Cristo, lo detalla este hombre que algunos historiadores de la antigüedad lo asocian con el Clemente de Filipenses 4:2, pues les escribe lo siguiente:

“Tomad la epístola del bienaventurado Pablo el apóstol. ¿Qué os escribió al comienzo del Evangelio? Ciertamente os exhortó en el Espíritu con respecto a él mismo y a Cefas y Apolos, porque ya entonces hacíais grupos. Pero el que hicierais estos bandos resultó en menos pecado para vosotros; porque erais partidarios de apóstoles que tenían una gran reputación, y de un hombre aprobado ante los ojos de estos apóstoles. Pero ahora fijaos bien quiénes son los que os han trastornado y han disminuido la gloria de vuestro renombrado amor a la hermandad. Es vergonzoso, queridos hermanos, sí, francamente vergonzoso e indigno de vuestra conducta en Cristo, que se diga que la misma iglesia antigua y firme de los corintios, por causa de una o dos personas, hace una sedición contra sus presbíteros”.

El nuevo pleito en la iglesia de Corinto, en la época de Clemente, es que estaban sacando a los cristianos que clasificaban para presbíteros en la iglesia.

El problema es cuando surgen bandos y los cristianos abandonan “la misma regla” para enseñar algo diferente, pero no es posible lograr su propósito si antes no causan discordias.

En la iglesia de Jesús del siglo XXI aún se escucha de contiendas y divisiones, y por lo general los bandos o grupos se forman alrededor de hombres que se convierten en caudillos y reclutan hermanos a su forma de doctrina y de pensar.

Limpiar la mancha

De acuerdo a la carta que escribe Clemente a finales del siglo I, aún estaba vivo el apóstol Juan, los corintios:

1. “Ya entonces (en el tiempo de Pablo) hacíais grupos”.

2. Habían caudillos que tenían sus bandos en la iglesia

3. Se estaban fijando en hombres con un carácter contrario al de los apóstoles.

4. Cambiaron los presbíteros honestos por otros de mala reputación.

Entonces les recomienda: “seamos obedientes a Dios, en vez de seguir a los que, arrogantes y rebeldes, se han puesto a sí mismos como caudillos en una contienda de celos abominables. Porque nos acarrearemos, no un daño corriente, sino más bien un gran peligro si nos entregamos de modo temerario a los propósitos de los hombres que se lanzan a contiendas y divisiones, apartándonos de lo que es recto”.

Pero Pablo también les había escrito unos cuarenta años antes:

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer”, (1 Co.1.10).

Cuando la armonía se destruye, y la arrogancia, el orgullo, los celos y la rebeldía se apoderan del espíritu, no podemos esperar más fruto que la división.

Debe preocuparnos y movernos a reflexión cuando los líderes y miembros de la iglesia del Señor se juntan en bandos.

Sólo la mente carnal posee fuerza para defender posiciones que destruyen la armonía de la doctrina de Cristo. Quienes han perdido el enfoque de su Salvador son capaces de actuar con egoísmo y contienda contra sus propios compañeros de lucha.

No importan los siglos pasados y los problemas enfrentados por la iglesia, el consejo es el mismo: volverse a Dios y evitar las divisiones. Y usted hermano, ¿está luchando contra Dios?

Carlos Rodríguez

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