Sermones para dormir

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Por Carlos Rodríguez

Algunos hermanos que predican parecen ignorar al público. Se paran tras un púlpito y su sermón se convierte en un extenso y aburrido monólogo (como si predicaran sólo para sí mismos y no para los demás).

Es cierto, y quizá algunos de mis hermanos predicadores se incomodarán, pero buenos y sinceros hermanos no siempre dan buenos sermones. He visto a muchos cristianos y cristianas dormir durante la mayor parte de un sermón. Y es fácil juzgarles como personas de poca fe por no poder escuchar un mensaje durante una hora.
Sin embargo, ¿se ha preparado usted hermano predicador para hablar durante una hora? ¿Posee la habilidad de mantener el interés de la congregación por un lapso de 60 minutos?

Es importante reconocer nuestras limitaciones. Los manuales y libros acerca de la preparación y presentación de sermones aconsejan mensajes de treinta minutos. Sin embargo, hay un síntoma entre algunos evangelistas y líderes: creen que limitar el sermón a treinta minutos es demostrar poco amor por la Escritura. Me molesta que estos mismos hermanos se preparan muy poco para la importante misión de alimentar espiritualmente a los hijos de Dios. Luego de media hora de predica, la mayoría de los oyentes dejan de escucharles y se ocupan de otras cosas.

No comparto limitar a quienes predican y exigirles sermones de 30 minutos exactos. Si alguien tiene la capacidad para hablar durante una hora y sostener vivo el interés de la congregación ¡qué bien¡ Pero, ¿por qué muchos sermones adormecen? Quizá el predicador no tiene un plan definido, va de un lado hacia otro y confía en la “inspiración” del momento. Finaliza su mensaje y uno no sabe cuál era el propósito de su lección.

Si usted tiene el privilegio de predicar en público, con respeto y amor en Cristo le ruego pensar en esto:

1. Observe al público. Hasta el cansancio me he preguntado por qué algunos predicadores persisten continuar sus largos y cansados sermones cuando parte de los hermanos bostezan, dejan de abrir la Biblia, leen algún boletín o un folleto, permanecen con la cabeza reclinada sobre sus asientos o conversan. ¿Acaso el predicador no los observa? ¿No son señales de alerta?
2. Tenga un plan. Hasta el más desordenado planifica. La predicación no es la excepción. Si su sermón tiene un plan, los oyentes lo sabrán. Uno siente cuando es llevado por un hermano que ha planificado su mensaje. Y también cuando un predicador habla sin una meta definida.
3. ¡Siga el plan! Hay predicadores que organizan un buen plan, pero en el camino se les ocurre una idea y se desvían. Al rato vuelven a la ruta planificada, pero muchas veces esos desvíos desorientan al oyente, y aun al mismo predicador.
4.Respete el tiempo de sus hermanos. Debo reconocerlo, en varias ocasiones no me he levantado y abandonado la reunión por respeto. Y es que esas 1. ideas me pasan por la mente al escuchar sermones donde se nota la irresponsabilidad del predicador y su falta de respeto por los cristianos interesados en alimentarnos con la palabra de Dios. No acepto que un maestro exija que una congregación lo escuche durante una hora cuando su sermón es como un barco sin rumbo.
5. Mucho no significa provechoso. Hay predicadores que parecen creer que la lectura de 40 versículos equivalen a un excelente mensaje. Podría ser si son parte de un sermón muy bien preparado. Pero en la mayoría de los casos prefiero diez versos explicados con calma y que en verdad respondan al propósito del mensaje.

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Publicado en Homilética

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